San Judas en San Hipólito

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El manto de los olvidados.

Es de madrugada en la ciudad de México. En los vagones aún semivacíos del metro, pasajeros amodorrados dormitan con el acompasado ronroneo del tren naranja, los olores de champús, jabones y lociones crean una nata dulzona que invade todo el ambiente; al llegar a una estación las puertas se abren –siempre ocho segundos- y aborda un grupo de jóvenes de recias facciones y piel morena, gorros con estoperoles, pantalones de mezclilla con cadenas metálicas y playeras con imágenes demoniacas, de entre ellos destaca la figura -más alta- de un hombre de piel blanquísima, dulces ojos azules y sobre su hermoso cabello ensortijado, una única flama roja coronando su cabeza: se trata de una imagen de bulto de San Judas Tadeo ataviada con cientos de collares con los colores amarillo, blanco y verde que lo caracterizan; una mujer que intenta maquillarse ante un minúsculo espejo de mano, desvía por un instante la mirada para observar al grupo y vuelve, con indiferencia, a su propia fantasía.

Es 28 de octubre, día del santo; estación tras estación, más peregrinos abordaran los vagones creando un involuntario templo de adoración ambulatoria, algunos vestidos con sayo blanco y verde imitando el vestuario del apóstol, otros con enormes bolsas que contienen “la manda” para agradecer los favores recibidos; todos llevan el mismo destino, la intersección de las líneas 2 y 3 en la estación Hidalgo para que sus imágenes escuchen misa y sean bendecidos en el templo de san Hipólito.

Santos viejos, santos nuevos

Las devociones son como los vestidos, se ponen o pasan de moda según las épocas; tal vez pocos chilangos sepan que el santo patrono de la ciudad de México es San Hipólito, tampoco sabrán que esta advocación fue un acto más político que piadoso. Tras haber sido humillado en la noche triste, Hernán Cortés reorganizo las fuerzas –las propias y las de sus aliados- y de forma cruenta derrotó la señorial ciudad isla de México Tenochtitlan, la cual cayó el 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito; sobre la antigua calzada a Tlacopan (Tacuba) se ofició una misa y se colocó la piedra de lo que sería una iglesia que conmemorara estos hechos.

Mientras la nueva ciudad era puesta bajo la protección de este santo, primer antipapa de la historia, en otra parte de las ruinas, Cuauhtémoc capitulaba el antiguo imperio bajo la siguiente

Consigna de Anahuac*

Nuestro sol se ocultó
nuestro sol desapareció su rostro
y en completa oscuridad nos ha dejado
Pero sabemos que otra vez volverá
Que otra vez saldrá
Y nuevamente nos alumbrará.

Pero mientras allá esté
y la mansión del silencio permanezca
muy prontamente reunámonos y estrechémonos
y en el centro de nuestro ser ocultemos
todo lo que nuestro corazón ama
y que sabemos que es gran tesoro.

Destruyamos nuestros recintos al principio creador
nuestras escuelas
nuestros campos de pelota
nuestros recintos para la juventud
nuestras casas para el canto y el juego.

Que nuestros caminos queden abandonados
y nuestros hogares nos resguarden
hasta cuando salga nuestro nuevo sol.

Los papacitos y las mamacitas
que nunca olviden guiar a sus jóvenes
y hacer saber a sus hijos mientras vivan
cuan buena ha sido
Hasta ahora nuestra amada madre tierra Anáhuac.

Al amparo y protección de nuestro destino
y por nuestro gran respeto y buen comportamiento
confirmados por nuestros antepasados
y que nuestros papacitos muy animosamente
sembraron en nuestro ser.

Ahora nosotros les encargamos a nuestros hijos
que no olviden informar a sus hijos
cuan buena será
como se levantará
y alcanzará fuerza
y cuán bien realizará su gran destino
esta nuestra amada madre tierra Anáhuac.

*La tradición oral atribuye a este poema como el último mensaje del Tlahtokan (consejero de gobierno) de Méxihko Tenochtitlán. Dado a conocer por Cuauhtémoc como mandato de su último acto de gobierno el 12 de agosto de 1521 día Ze koatl (uno serpiente) de la veintena (mes) tlaxochimako (se obsequian flores) del año yei kalli (tres casa)

El sol prehispánico se ocultó, los templos fueron destruidos y los caminos del Anáhuac quedaron abandonados; sobre estas ruinas fueron construidos nuevos templos para nuevos santos; en el caso de Hipólito, su templo floreció en la república de indios, a su alrededor convivieron lo mismo el tianguis que la horca, bajo su protectorado se creó el primer manicomio de américa y su claustro es uno de  los más bellos que aún sobreviven. Era hasta aquí donde llegaba el Paseo del Pendón que conmemoraba la derrota mexica y que las cortes de Cádiz prohibieran en 1812 por oprobiosa. Con el paso de los años el templo fue absorbido por la mancha urbana, su esplendor de tezontle y cantera reclamó su precio y, lentamente se fue hundiendo, su atrio fue acotado cuando el regente de hierro Ernesto P. Uruchurtu, decidió, no se sabe si para gloria de la ciudad o de él mismo, ampliar el paseo de la reforma hasta la calzada de los Misterios.

Sin embargo, dentro del templo un pequeño santo esperaba en su nicho los tiempos en que fuera invocado. No se trata de una imagen de tiempos de bonanza o uno de recogimiento: San Juditas es el santo de la desesperación, de la angustia, el protector de aquellos que fueron abandonados, relegados o simplemente despreciados; es el santo de los que perdieron toda fe y que fueron olvidados. Es el santo de las causas imposibles.

San Judas Tadeo desplazó a Hipólito del altar mayor de este hermoso templo católico, empujado por fieles nacidos en las últimas cuatro décadas: son las generaciones llegadas bajo el signo de las crisis económicas, planes de austeridad y rescate; hombres y mujeres que aprendieron a transar la dignidad por sobrevivencia. Llegados desde todos los barrios de la ciudad, de todos los estados de la república, los devotos portan junto con las imágenes, sus anhelos y frustraciones como ofrenda para este pequeño apóstol, que, como ellos mismos, sólo tenía su fe para sobrevivir.

No bien los primeros rayos del sol se asoman por encima de las cúpulas del palacio de las bellas artes, más allá de la alameda central, los caminantes se empiezan a reunir frente al templo, si tienen suerte lograran ingresar al interior para saludar de frente al santo, de no ser así, escucharan misa en el crucero de Reforma e Hidalgo, cerrado al tráfico y que funge como capilla abierta; una y otra vez los sacerdotes oficiaran misa con altavoces y al momento de la bendición, cientos de imágenes de San Judas serán elevadas para recibir el agua bendecida.

San Juditas recibe todos por igual; en las plazas cercanas se reúnen chavos banda, agentes judiciales, amas de casa empujando carriolas con globos blancos, amarillos y verdes, niños de la calle con activo en la mano, vecinos de colonias populares que traen en litera a su santo en altares de pretensiones barrocas o ancianas cargando una única flor blanca como regalo a su patrono; son los sanjuderos, que cada día 28, pero sobre todo el del mes de octubre, desbordan de fervor este caótico crucero de la ciudad.

Al avanzar la mañana, hacen presencia vendedores ambulantes cargados de todo tipo de imaginería posible; San Judas es repetido hasta la obsesión en imágenes de bulto, cuadros, playeras, estampas, cadenas y pulseras, cascos para motociclistas, cd’s, flores plásticas. Mientras tanto, mujeres regalan comida a los peregrinos: tamales, atole o tacos por la Gracia del santito; otros ofrecen pulseritas o estampas a los transeúntes, flores y hasta paquetes de sopa de pasta; cada uno elige la forma de hacer la manda para pagar un favor o para seducir a San Judas para que realice un nuevo milagro.

En las banquetas se montan altares improvisados en memoria de algunos devotos fallecidos: hombres y mujeres muertos en actos violentos o que San Judas no logro pasar al otro lado y dejaron su vida en el desierto; normalmente imágenes de gente joven. Signo de nuestros días.

Se le acusa a San Judas de proteger a los violentos, presidiarios y delincuentes; sin embargo, mes tras mes la policía reporta saldo blanco, posiblemente los “malos” respetan su templo o se trata de otro milagro del santo apóstol.

A medio día llegan los concheros, se instalan en el camellón de reforma y comienzan con la danza, reclaman como propio este espacio que los mexicas conocían como tolteca acalocan, segundo foso de la calzada; sus cuerpos semidesnudos, pintados con glifos prehispánicos, brillan bajo el inclemente sol chilango, saludan al santo y purifican el ambiente con copal y música de tambores; una y otra voz golpearan el duro concreto de la banqueta para despertar a los antiguos dioses de su sueño milenario.

El día transcurre con algarabía de feria, las misas se oficiaran hasta entrada la noche, los visitantes volverán a tomar sus transportes portando sus santos ya bendecidos, muchos de ellos ofrecerán en sus casa una fiesta en honor a su imagen. Es común caminar por las colonias de la ciudad este día y ver calles cerradas adornadas con papeles picados amarillos, blancos y verdes y grupos de vecinos festejando “el cumpleaños” de San Juditas, que junto a la Virgen de Guadalupe es presencia constante en los altares domésticos de toda la ciudad.

El sueño de San Judas

En la madrugada, en san Hipólito, los vendedores retiraran sus bártulos y un pequeño ejercito de barrenderos limpiará el caos dejado por la fe, para que al amanecer, la ciudad vuelva a tomar su ritmo habitual y el templo se integre al escenario urbano, en espera de la llegada de las próximas procesiones en su honor.

Tal vez el verdadero milagro de San Judas se cometa el día en que sea olvidado, cuando nuestro país supere su perpetua crisis y los jóvenes encuentren un futuro promisorio en su propia tierra y no requieran de una arma o un pollero para intentar salir adelante; entonces viejos santos serán desempolvados: San Antonio volverá a buscar novio, la Virgen de Loreto conseguirá casa, San Charbel  curará a los enfermos y, sólo entonces San Juditas volverá a su pequeño nicho con la esperanza de no volver a ser necesitado.

Ver la carpeta de imágenes de San Judas

 

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