Cuetzalan, cuando Dios quiso volar

Cuetzalan se presenta al visitante como la maqueta del paraíso: es un conjunto de casas blancas con techos de teja roja amontonadas en la sierra de norte de puebla, sus calles empedradas suben y bajan, estrechas y tortuosas hacen de cada vuelta y esquina una pequeña sorpresa por descubrir.

Aunque me recibió el sol radiante, parece que es un lujo no muy común: la lluvia y la niebla traídas desde el golfo por el viento del norte le dan al pueblo una sensación etérea y mágica, pronto lo descubriré.

La selva tropical nos rodea por todas parte y amenaza por tomar por asalto las calles y las plazas; la selva es radiante y sensual, a diferencia de los bosques de coníferas a los que estoy acostumbrado donde impera una monótona armonía, aquí todo estalla en miles de tonos de verdosa exuberancia: helechos gigantes del tamaño de arboles, y de lustrosas hojas esmeraldas, platanares que exhiben sin pudor alguno sus frutos, pequeñas plantas de hojas carnosas, begonias con enormes racimos de flores y un perpetuo olor de tibia humedad parecen asfixiar a Cuetzalan en su esplendor de dioses.

Llego en jueves, día de mercado, la gente comercia animadamente en la plaza principal y los productos del campo vuelan de una mano a la otra: Pimienta gorda del dulce olor, canela y vainilla en rama. La población es una amalgama de totonacas y nahuatlacas , se habla español y náhuatl por igual y se pasa de una a otra lengua de forma inconsciente, son hombres y mujeres bellos de pómulos altos y sonrisa amplia, reservados y hasta crípticos con los extraños. Me resulta difícil taladrar quinientos años de explotación para llegar a dialogar como iguales. A veces lo logro.

Me sorprende la belleza del traje de las mujeres, enaguas de un blanco destellante y blusas bordadas y bellísimos huipiles de encaje y pasamanería, son como palomas henchidas a punto de levantar el vuelo, los hombres visten sencillos trajes de manta sin adornos o aditamentos, algunos apenas con un minúsculo morral de lazo y un machete enfundado.

La hermosa plaza es, en realidad, una serie de explanadas y terrazas que descienden hasta llegar al atrio de la iglesia en donde destaca un enorme poste de madera para las celebraciones de los voladores, que me explican no son originarios de Papantla, Veracruz, sino de aquí, escucho la historia una y otra vez, lo que me hace entender la importancia de este despojo histórico

La iglesia principal, dedicada a San Francisco de Asís, es una pieza extraña con una austera fachada de estilo románico con osadas influencias de un gótico creado por alguien, que me atrevería decir, no ha visto jamás una iglesia gótica; con una torre única central y ventanales con vitrales, sin embargo el conjunto es sobrio y equilibrado; otra iglesia digna de ser vista es la dedicada a la Virgen de Guadalupe, en medio del panteón mejor conocida como los jarritos, esto debido a que en el campanario, también de influencia gótica colocaron cántaros de barro para adornarla a manera de nervaduras; algo único.

Mi agrado por este pueblo no tiene fin, su comida típica (tlayoyos, cecina ahumada y un puchero picosísimo pero delicioso, sin olvidar la sopa de setas), el orgullo del excelente café, que es, en gran parte el sostén de los lugareños y las múltiples artesanías, son un gozo para los sentidos.

Teología para turistas

-¿Quién quiere ser santo? Los asistentes a la misa en esta iglesia de pretensiones basilicales se mantienen congelados ante tal proposición, mientras el sacerdote que oficia la misa sonríe con dulzura, su hermoso rostro de suaves rasgos indígenas se ilumina por el brillo de su túnica bordada por las manos totonacas que aprisionaron grecas, pájaros y cálices en la tela blanquísima.

-¿Alguien sabe lo que es un santo?, las manos de sus feligreses continúan firmemente soldadas a los regazos temblorosos.

-Un santo es un amigo de Dios ¿Qué se necesita para ser amigo de alguien?: Conocerlo, visitarlo, quererlo y respetarlo ¿quién quiere ser amigo de Dios?

Desde una de las columnas del templo, de pie, intento traducir a dos mujeres sexagenarias neoyorkinas con quién he compartido este domingo; al ver sus rostros encendidos, me doy cuenta que la suave voz del sacerdote ha iluminado su tarde nublada en la sierra norte de Puebla.

El paroxismo de la fe

Regreso a Cuetzalan para vivir las fiestas patronales de San Francisco, del 1° al 5 de octubre, esta vez acompañado por mi querido amigo Héctor; he escuchado mucho de estas celebraciones, sin embargo ya sé, que de esta bella población las palabras son siempre insuficientes.

A diferencia de mi anterior viaje, Cuetzalan se encuentra en un enorme frenesí, sobre las escalinatas del mercado han colocado un escenario con tarima y sillas de metal a manera de auditorio, bastante agresiva para la belleza sutil de esta exquisita plaza, aquí se presentarán los espectáculos públicos como conciertos musicales, cómicos y en donde la reina del café será coronada; sin embargo aquí no se encuentra lo que he venido a buscar.

Bajo al atrio de la iglesia donde todo es un ir y venir de personas dedicadas a tener lista la iglesia. En el interior del templo todo es un desastre cataclísmico de bancas regadas por todas partes, los santos parecen grises por las capas de polvo producto de las recientes reparaciones, unos hombres izan una cruz que remata el baldaquino del altar mayor mientras un caballero de dulces manos cargadas de anillos de bisutería y bolso de perlas plásticas da órdenes a un grupo de beatas; en un momento dado repara en los extraños que lo observan y se detiene a platicar con nosotros un instante, entonces alguien sale por la puerta de la sacristía y le informa que “ella” está lista.

Nos invita a pasar y entonces la veo: una imagen de bulto de La virgen María recién vestida con el traje de las cuetzalanecas; unas naguas blanquísimas, el huipil deshilado y un impresionante tocado de cordones de lana verdes y moradas  llamado maxtahual y cargando el huacal mamatl de varas y lazos con el niño dios acurrucado en él. Hombres y mujeres la observan con una satisfacción paternal, la llaman bella, guapa, bonita. Uno a uno todos los presentes mostramos respetos a la virgen pasando frente a ella un sahumerio encendido mientras todo el mundo coincide en lo hermosa que quedó. Parecemos tías orgullosas.

Al día siguiente desde los altavoces se le invita a la gente a hacer la limpieza del templo para prepararlo para la fiesta, la llamada faena; sin darme cuenta cómo, me encuentro barriendo el portal por donde entraran las procesiones que presentaran sus respetos al Santo, la noche termina en la Peña de los Jarritos buscando una buena cecina con tlayoyos.

Al día siguiente, previo al día de San Francisco de Asís, Cuetzalan es tomado por asalto por cientos de danzantes que poco a poco van ocupando sus calles y las iluminan con trajes multicolores de raso, lentejuelas y espejos: grupos de Negritos, presididos por la madre que lleva la serpiente de carrizos que morirá simbólicamente para salvar la vida del pequeño esclavo proveniente de las Antillas.

El Señor Santiago montado en su caballo de cartón y oropel volverá a enfrentar a los moros para vencer a Pilatos entre gritos de euforia casi delirante en la danza de los santiaguitos; los quetzales avanzan por las calles empedradas con sus bellos penachos mientras los voladores caminan con la cabeza agachada como queriendo retar al piso del que renegaran al volverse aves solares al momento de lanzarse del palo en donde el aliento de los dioses agitaran los listones de sus minúsculos penachos. Diablos y sanmigueles, toreadores y toros bravíos de cartón piedra.

El atrio de la parroquia poco a poco va recibiendo a los grupos, cada uno entra danzando con la cabeza gacha en señal de respeto y entonces el caporal, figura central del grupo, suerte de coordinador y guía espiritual, pedirá permiso a San Francisco para ingresar al templo, una vez que ha sentido que se les ha concedido paso, caminaran por el pasillo central repitiendo la coreografía aprendida desde su más tierna infancia, al compás de música parsimoniosa ejecutada por uno de los participantes, sea flauta, tambor o cuerdas.

Al llegar al altar mayor, detienen la danza hipnótica y con una alegría casi infantil los danzantes se inclinaran ante el santo: es el término de un largo camino que inicio meses atrás con la elaboración de los trajes, jornadas de trabajo doble para comprar los botines de tacón de madera esenciales para la danza; tardes de entrenamiento, preparación espiritual, una larga caminata nocturna para llegar a Cuetzalan al amanecer, atole y caldo caliente en el estomago y al final la visión rutilante de la nave de la iglesia que habitaran por varios días.

Al término de este íntimo momento, se levantaran y ocuparan la parte del templo que les ha sido asignada donde retomaran la danza. De esta forma, decenas de grupos ingresaran hasta que en la noche, cada centímetro cuadrado estará ocupado por este panteón mágico que reclama el onírico territorio de los delirios como patrimonio propio; el ruido ensordecedor de decenas de instrumentos tocando arbitrariamente y el retumbar de cientos de tacones en el suelo recién lavado, convierten al templo en una suerte de trasatlántico místico a la deriva.

Mientras tanto, a unas cuantas cuadras de ahí, en la casa del mayordomo, la imagen de San Francisco es velada, mujeres corren con platillos que ofrecen a los visitantes, al igual que en el templo, la danza se prolongará hasta el amanecer, el frenesí sólo es interrumpido cuando la imagen es llevada a la parroquia para oír misa.

Los eventos se amontonan unos sobre otros con un caos circense, se elige a la reina del huipil, hermosas jóvenes totonacas con las cabezas coronadas de maxtahual de lana y mamatl con flores y frutos, copias facsimilares de la virgen amada; debaten en la plaza, en náhuatl y  en “mexicano”, como es conocido el castellano, los dones de esta tierra, el orgullo del pasado, reclaman el abandono, -el propio y el ajeno- y al final los representantes de cada comunidad eligen a la reina lanzando al aire los listones del color que representa a la ganadora, la cual es llevada en andas por las calles, la reina flota en un trono con su huipil de encaje agitado por los vientos, continua la danza.

Se celebran misas, se perpetúan los cantos, la música, las procesiones, imágenes que inspiraron a Remedios Varo, escenarios surrealistas de la cotidianidad; la sierra norte de Puebla es una orquídea que se abre voluptuosa, como vulva de mujer madura.

Las fiestas se prolongan por varios días, lo voladores ejecutan su danza aérea hasta la obsesión, se vuelven pájaros, se transmutan en Dios, en sol, en aire; extienden sus brazos-alas  para finalmente volver a posar sus pies de hombres sobre las baldosas de la plaza para retomar la danza en tierra, retornando a su condición de hombres-niños,  para esperar de nuevo su turno de escalar el palo ceremonial de 30 metros, arrancado del bosque entre cantos y lamentos y erigido en falo cósmico que conecta al inframundo en donde descansa el cuerpo de un guajolote, la piel de un animal fiero, cacao, maíz y tabaco para amarrarlo a la tierra con la fuerza suficiente para que soporte las embestidas del cielo; los voladores se convierten en las velas de este mástil henchido por los vientos del cercano golfo, describen trece vueltas, cuatro voladores, cincuenta y dos giros en total como los cincuenta y dos años del ciclo totonaca, en mundo entero gira en torno a este tornillo mágico que nos recuerda que somos hijos de la tierra, pero también del cielo…

Se celebra la misa mayor, la iglesia revienta en cantos de ancianas en un lenguaje inteligible, mientras afuera, en la plaza, los danzantes entran en paroxismo, me imagino por un instante a la cúpula cediendo a la presión de tanta fe y pulverizándose para dejar ver la otra cúpula, la celeste. Cae la noche.

Al día siguiente, pasada la fiesta, el pueblo vuelve a su habitual calma; se desmonta el escenario y las calles son barridas y en la iglesia se celebra una misa, con pocos asistentes, para volver a poner a San Francisco en el altar, después de haber pasado varios días en la casa del mayordomo; casi en silencio, con suaves canticos en náhuatl que parecen acariciar las paredes de la parroquia para sanarla de la agitación pasada.

Salgo a la plaza y veo bajar la neblina que llega de la huasteca y que lo invade todo, lentamente las casas de altos alerones, los árboles del jardín, la gente empiezan a perder su dimensión real y se convierten en seres líquidos, hombres y mujeres de éter, fantasmas esplendorosos.

En Cuetzalan todo flota, uno mismo se siente invadido por este ambiente tóxico y lentamente va perdiendo su densidad humana, camina entre neblina, humo de copal y plantas fósiles milenarias. Es fácil imaginar que se puede despegar del piso y dejarse llevar por el olor suntuoso de la selva, siempre próxima, maternal y seductora. Cuetzalan nació el día que Dios quiso volar.

Ver la carpeta fotográfica de Cuetzalan.

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