Censura, SIDA y Arte

Para hablar de censura es, irremediablemente necesario, hablar de poder; sólo se puede reprimir, silenciar y normalizar (como lo explicaba Michel Foucault), si el poderoso, quien se entiende a sí mismo como moralmente superior, siente que su entorno está en peligro de ser alterado.

Acerca de la censura padecida por la producción Un Mundo Una Esperanza


La disruptiva aparición del SIDA en occidente, alteró drásticamente nuestra percepción ese entorno: la imagen idealizada de una familia heterosexual monógama, de sexualidad reproductiva y regulada, cayó ante nuestros ojos como figuras de cartón de una promoción de cereal para el desayuno: éramos más complejos que esa idílica postal; nuestras prácticas y percepciones sexuales eran mucho más complejas y sofisticadas que lo que el patriarcado nos quería hacer creer y, un simple virus, un ente que no posee la suficiente información genética para ser considerado como ser vivo, desnudó esta cruda y simple realidad: a los humanos nos encanta el sexo.

El poder reaccionó con condena y estigmatización, eran los otros los que sufrirían la enfermedad, si uno se mantenía dentro de la norma (monogamia reproductiva) estaría protegido, cualquier otro discurso no sería admitido.

El SIDA se convirtió entonces, en una suerte de ángel exterminador, que erradicaría de la faz de la tierra a todos los que éramos los otros: homosexuales, bisexuales, promiscuos, mujeres insumisas ante el poder patriarcal, transgéneros y poliamorosos. Como la sífilis, el SIDA se entendió como un castigo divino que reafirmaba la razón del poder.

Ante la aparición de la pandemia, la primera respuesta fue el silencio, tanto, que se consideró un logro histórico que el presidente de los Estados Unidos Ronald Reagen mencionara las cuatro terribles letras (AIDS) en un discurso en 1987; muchos poderosos alrededor del mundo callaron de forma similar.

Ante este abandono, la primera respuesta ante la crisis surgió de los propios afectados, moribundos ayudaban a moribundos, familiares y amigos abrazaban a sus seres amados; muchos perdieron el miedo al estigma y alertaron: esto no les pasa a los otros, nos pasa a todos.

Para los artistas, el virus trastocó el sentido de las metáforas: los vehículos de la vida, el semen, la leche materna, la sangre o los fluidos vaginales, se convirtieron, de un momento a otro, en las dagas de la muerte.

Vimos con temor a nuestros cuerpos… y a los deseos de nuestros cuerpos.

La escena de la película Las noches salvajes (Les nuits fauves, Cyril Collard 1992) en la que el protagonista amenaza a un grupo de homófobos que lo están golpeando, con la sangre de sus propias heridas, y logra que ellos huyan despavoridos, es la imagen de la relación del poder de la época con el virus: miedo y violencia.

El arte hizo lo que mejor sabe hacer: reflejar la realidad de su época, su dolor y transformarlo en expresiones de belleza, en ocasiones de formas abrumadoras.

La controversia y censura que padeció la campaña de Benetton con la poderosa foto de Theresa Frare, que muestra a un enfermo de SIDA agonizante, en brazos de su adolorida familia, fueron causadas por una sencilla razón: no nos gusta la realidad; el dolor, la muerte no deberían aparecer jamás en un comercial de televisión.

En esta desoladora realidad apareció el proyecto Un Mundo Una Esperanza, cuyo pecado capital fue querer usar las herramientas del poder (medios de comunicación, empresas discográficas, etc.) para difundir lo que quería ser acallado.

¿Cómo querer censurar una canción que invita a que los y las jóvenes se protejan? “O te cuidas o te carga la chingada” sería, palabras más, palabras menos, el consejo que cualquier madre mexicana le daría a sus hijos, pero transmitirlo por la radio es admitir que los adolescentes tienen vida sexual activa, una realidad que contradice al poder.

“Con tu nene o nena te vas a revolcar, porque así es el mundo y te tienes que cuidar”

“…es un miedo íntimo, un miedo de pérdida del control de una realidad preestablecida. En el acto de la censura no hay en si una simple producción de miedo, hay un intento de alivio del miedo del censurador.”(Detrás de la furia del coloso, Fabián Banga)

La carta que me envió José Luís Laris, director de Radiodifusoras asociadas, rechazando la difusión del disco, es un texto escrito desde el poder, que, desde su óptica, como lo explica, siente amenazado su entorno:

Señor Arturo Villegas.
Fundación Mexicana de Lucha contra el Sida.
Presente.
En atención a su amable comunicación, mediante la que solicita apoyo para la promoción de un disco compacto que también recibimos, lamento mucho informar a usted, que después de haber escuchado el cd, considero que el contenido no es apto para ser difundido, ya que atenta contra los principios de buenas costumbres, que nosotros como medio de comunicación debemos cuidar, por lo que me permito devolvérselo.
Es una pena que el esfuerzo que algunas instituciones realizan para brindar ayuda a grupos que lo necesitan se pierda, por no cumplir con las reglas que rigen a nuestra industria.
José Laris Rodríguez
Director General
Han sido muchos los análisis que se han hecho de este texto, en el que Laris se erige como censor patriarcal, protector de principios superiores (los suyos) que considera, están amenazados por los contenidos de un simple disco musical.

La censura se echó a andar y fue imposible pararla; en 1998, año de aparición del disco, no existían las redes sociales, Youtube o las tiendas de música virtuales como Itunes; para que una producción prosperara tenía que ser promocionada por los medios masivos y distribuida en tiendas físicas por compañías disqueras; se empezó a usar el verbo enlatar, sentencia de muerte, que muchas obras en nuestro país vivían como corolario de una lucha inútil contra el poder.

Aunque existían platicas con el sello BMG para la publicación del proyecto, ante la negativa de la cadena RASA, el sello disquero se negó a publicarlo, de esta forma ninguna otra empresa disquera se animó a hacerlo; ante tal hecho, Tania Libertad ofreció su propio sello independiente, Dendé Records y donó la impresión de 3,000 copias, por lo que el proyecto pudo ser publicado, aunque con un tiraje mucho más modesto que los proyectados.

Presentación del disco en Hard Rock Café, Ciudad de México, 1998
Presentación del disco en Hard Rock Café, Ciudad de México, 1998

Una vez impresas las copias, la propia fundación hizo la distribución. La cadena de tiendas Sanborns se negó a venderlo aduciendo que en la portada aparecía la foto de un condón, después de la presión de algunos periodístas, la empresa dio marcha atrás y admitió el disco para su venta.

Han pasado ya dos décadas de estos hechos; soy un convencido de que el arte nos sobrevivirá, la música seguirá sonando más allá de los miedos y de la censura.

Visto a la distancia creo que valió la pena lo vivido; no haberlo hecho, era admitir a priori, que el censor tenía la razón, y no es así: somos diversos, insumisos, dignos y anormales, esta condición nos enriquece y las voces que se expresan en el disco son el legado que dejaremos nosotros, que somos los otros.

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